sábado, 4 de abril de 2009

Viajes de Mercedes Ortega: la primera invitada a mi blog


Hoy tengo el gusto de presentarles a una invitada. Se trata de mi amiga Mercedes Ortega Gonzales-Rubio. En este momento ella vive en Francia con su marido Mathias que es alemán. Mercedes estudió la maestría conmigo, ahora está haciendo un doctorado y su tesis es sobre la obra de su compatriota barranquillera Marvel Moreno. Además se dedica junto con Mathias, su marido, a traducir al alemán algunos cuentos de Marvel Moreno. El texto que me envió es sobre un viaje a unas cuevas, se los dejo para que lo disfruten. Me tomé el atrevimiento de ponerle un título espero que a Merce no le moleste.
Espero poder tener el placer, muy pronto, de tener de nuevo otro escrito de Mercedes, acá los dejo con esta gran amiga y grande pluma.


ENTRE LAS CUEVAS
POR: MERCEDES ORTEGA GONZALES-RUBIO

Al suroeste de Francia, al pie de los Pirineos, se encuentra la región de l'Ariege (un río le da el nombre). Partimos de Toulouse, llamada “la ciudad rosa” por sus edificios en ladrillo rojizo. Luego pasamos por Foix, otra villa medieval conectada con la historia de los Cátaros, con su impresionante castillo dominando la ciudad desde cima de una montaña rocosa. Luego de algo más de una hora en auto, llegamos a la Gruta de Niaux, una de las tantas de la región, pero ésta decorada con pinturas realizadas en la prehistoria.

"La grotte de Niaux" es un sitio que me dejó sin aliento, sintiéndome como niña en excursión, como latinoamericana boquiabierta frente al espectáculo que se me presentaba. Sé que en Colombia hay grutas subterráneas; no las conozco, pero sueño ahora con su belleza.

Luego de esperar más de una hora y hacer picnic en otro lugar de ensueño, las ruinas del castillo de Miglos, empezó la visita. Sólo se permiten tres grupos diarios de máximo veinte personas, para no perturbar el equilibrio natural de la gruta y conservar las pinturas. Luego de pasarnos unas pesadas linternas de mano a cada uno, la guía nos advierte que debemos permanecer unidos y, en lo posible, no tocar nada, pues nuestro cochino cuerpo podría dejar bacterias y hongos que dañarían el entorno.

Al franquear la entrada, se siente un aire espeso, temperatura de doce grados todos el año, silencio, expectación. Linterna en mano, comienza la caminata bajo tierra. Me sentía como Tom Sawyer cuando se pierde con Becky en la gruta, recordaba las imágenes del libro de cómics que leíamos cuando niñas. Imaginaba lo que sería perderse allí, sin luz, sin ninguna orientación. La arquitectura de la gruta es una maravilla: húmeda, sinuosa, de un color blanquecino-rojizo, caliza y minerales mezclados, estalactitas alienígenas, suelo viscoso. Mi impresionada mente comienza a bombardear conexiones: Platón, los documentales de la Nacional Geographic, el profesor Yarumo, Freud, The lord of the ring (las minas de Moria), el Gollum, la Catedral de sal de Zipaquirá…

Nos detenemos para ver las primeras pinturas: unos puntos y unas líneas rojizas y negras. Posibles escrituras arcaicas, cuentas, o el simple juego de unos dedos como Pintudeditos. También hay graffitis de tipo “I was here”, los más viejos del siglo XVII.

Aquí me dio un poco la pálida, sería la emoción. Respiraba con algo de dificultad (“debe ser el aire”), tenía claustrofobia y temor de resbalarme. Luego se me pasó.

Después de casi un kilómetro, llegamos a “El salón negro”, la bóveda más grande, amplia y alta, con una acústica increíble. Allí se encuentran la mayoría de pinturas rupestres, de hace trece mil años. En esa época, luego de la Era del hielo, ya homo-sapiens, los hombres aún eran nómadas. Estos, los magdaleniences (absurdo nombre, pero fueron descubiertos en una especie de gruta llamada “el Abrigo de la Magdalena”), no eran hombres de las cavernas. Construían sus campamentos afuera, pues necesitaban la luz solar. Vivían cerca de los ríos; pescaban, cazaban y recolectaban allí por varios meses, y luego cambiaban. Algunas grutas les servían de refugio cuando las condiciones climáticas eran muy duras, otras eran utilizadas de almacenes. No la Gruta de Niaux.

La gruta no tiene iluminación ni natural ni artificial; la guía nos manda a apagar las linternas: oscuridad total. Luego sólo ella alumbra las pinturas algunos segundos, pues, otra vez, temen que se dañen.

Había dibujados bisontes, caballos, cabras, algunos muy detallados. A veces aparecían signos, con forma de flechas. Nadie sabe qué significan o por qué las pintaron, prácticamente cada científico tiene su teoría. Algunos conjeturan que fue por motivos rituales. Sólo saben que se realizaron en un periodo aproximado de mil años. Por qué un grupo de hombres iba a adentrarse tan profundo para hacer unos dibujitos de animales. No hay nada más pintado, ni árboles, ni gente, ni casas, ni otros animales, así que lo que sí está representado parece haber sido escogido, por razones que ignoraremos por siempre.

En toda Europa hay aproximadamente trescientas grutas con arte rupestre, algunas abiertas al público. En verano, es tanta la afluencia que hay que reservar con meses de anticipación. Entre las grutas más famosas, están la de Lascaux en Francia, y Altamira en España.

Unos quieren ser bomberos o policías cuando niños. Yo quería ser gimnasta o arqueóloga, pero mi cobardía me lo impidió. Nunca pensé que iba a ver algo así, fue mejor que ir al cine (lo cual es mucho para mí).




1 comentario:

Stephanie Acuña dijo...

Buena publicación, Es una manía tal vez la que ha creado la misma lectura, pero imagino como debe ser estar en un lugar como ese, Woohh debe ser increíble! Tan cerca de esas primeras manifestaciones de arte.